AHMOSE Y LIGEIA

ELENA CABALLERO MARTÍNEZ

Era una sombría tarde de Otoño. Sofía entró en la Biblioteca, con algunas hojas secas adheridas en la maraña de rizos fucsias que era su pelo. El ventilador de techo giraba perezosamente, sin ánimo de remover el aire, que olía a papel y a cuero y a tinta.
Sus ojos verdes recorrieron lentamente las tres plantas del edificio, iluminadas por la luz natural de una claraboya, mientras se quitaba el abrigo. Las estanterías, fabricadas en algún tipo de madera oscura, se elevaban hasta alturas vertiginosas, y por eso era necesaria su compleja red de escalinatas, pasarelas y escalerillas con ruedas.
Aquella impresionante estampa le hizo olvidar, por un instante, la redacción de 1000 palabras que debía entregar al día siguiente.
– Confieso que no los he leído todos – reconoció una voz tras ella – Pero estoy en ello.
La pelirrosa se giró. La propietaria de aquella voz era una mujer de mediana edad, cara redonda y chispeantes ojos marrones, que se acercó a ella con una sonrisa franca. Tardó poco en identificarla como la santa Guardiana de aquel tesoro escrito.
– ¿Es usted la bibliotecaria?
Ella asintió.
-Soy Àmber. ¿En qué puedo ayudarte?
– Estoy buscando la sección de Matemáticas – dudó – O quizá… ¿La de Historia?
– Eso depende de lo que quieras saber.
– “Matemáticas en la Antigüedad” – suspiró, citando el título del trabajo con un aire aburrido.
– Deberes, ¿eh? Sí, creo que puedo ayudarte.
Subieron al segundo piso. Recorrieron casi tres cuartos de la pasarela antes de detenerse frente a una estantería. La bibliotecaria se subió a una de las escalerillas con ruedas.
– ¿Qué fecha os ha pedido el Profesor?
– Siglo III antes de Cristo. Como mínimo.
– Sí, tiene que estar por aquí… – las yemas de sus dedos acariciaron los lomos de los libros – ¡Ajá!
Alzó un pesado tomo, triunfante, y bajó los estrechos escalones. Una vez en el suelo, hojeó las primeras páginas.
– Desde el siglo III antes de Cristo hasta el renacimiento europeo – le tendió el libro – Buena suerte.
Sofía se acomodó en uno de los batallones de sofás distribuidos por toda la planta baja. Estuvo varias horas leyendo sobre Arquímedes y Liu Hui, Aryabhata y Ghiyath al-Kashi, Wallis y Euler.
La redacción se escribía prácticamente sola, extensa como un cantar medieval, incluso tuvo que quitar párrafos enteros. Pero cuando terminó, se dio cuenta de que se había olvidado de un número indispensable. Se había olvidado de pi.
Releyó de nuevo el trabajo de todos aquellos matemáticos. Nada. Quiso preguntarle a Àmber, pero no consiguió encontrarla.
Todos los ejemplares de la Biblioteca tenían un código que permitía a los lectores devolverlos a su sitio con facilidad, aunque la gran mayoría ni se molestaban. El del suyo era 2-4-7-14. Segundo piso, cuarta estantería, séptima leja, decimocuarto lugar de los treinta y nueve a los que daba cobijo. Así pues, repitió el recorrido trazado por Àmber tres horas atrás y dejó el libro en su sitio.
Y entonces… Se fijó en el tomo contiguo, 2-4-7-13. Era un libro fino, de aspecto sencillo y bastante ajado, quién sabe si por antigüedad o el constante manoseo. Se sentó en el travesaño más alto y lo abrió.
El libro hablaba sobre un tal Ahmose, un escriba egipcio que vivió durante el reinado de Apofis I, allá por el 1800 a.C. Descubrió el Papiro Rhind, rebosante de problemas matemáticos. En él se empleaba un valor aproximado de pi, que no entendía del todo, pero al menos había encontrado aquel librito, y el Profesor le pondría buena nota en el proyecto.
Iba ya por la mitad cuando lo notó. Un súbito cosquilleo en las puntas de sus dedos se extendió por todo su cuerpo. Sopló una brisa de aire caliente. Levantó la mirada del libro. Y soltó un hipido, convencida de estar soñando.
Porque allí donde estaban los azulejos negros moteados de plata habían dunas y más dunas de arena dorada. A la escalerilla con ruedas sobre la que leía le habían crecido hojas y tronco de palma. El techo había desaparecido también, dando paso a un cielo sin nubes y un sol abrasador.
Sofía miró a su alrededor, sin que nada le resultara conocido. Se deslizó tronco abajo con cautela, utilizando las hojas como asideros, y eso le impidió ver al joven de su edad que, apoyado en las raíces del árbol, garabateaba en un papiro. Cayó sobre él, aunque no tardó mucho en reaccionar y levantarse. El chico clavó sus ojos negros en ella, pasmado.
-¿Quién eres? – tenía un leve acento oriental y hablaba aceleradamente – ¿Acaso te envían los dioses? ¿Desean más ofrendas?
– No, no – se apresuró a tranquilizarle – Me llamo… Ligeia. Vengo del Norte y no conozco tu tierra. Estaba oteando el horizonte cuando me caí.
No era mentira, no del todo, y esperaba que fuera un argumento convincente.
– Ahmose – parpadeó, sorprendida – Lleváis unos ropajes muy curiosos en vuestra tierra – murmuró, señalando su camiseta de Nirvana y los vaqueros desteñidos.
No supo qué responder. Sus ojos volaron hacia el papiro del chico, y se detuvieron en el único signo que reconoció.
-Pi…
La excusa perfecta para cambiar de tema.
-Nunca había visto ese símbolo. ¿Qué significa?
Ahmose siguió la trayectoria de su índice.
-Sabes leer. Y eres una chica.
-De donde yo vengo, las cosas son diferentes.
-Es un signo que los dioses me mostraron en sueños. Pero no sé si…
-A ver qué te parece esto – empezó a dibujar en la arena – Supongamos que representa que el área de un círculo siempre será similar a la de un cuadrado, si su lado es igual al diámetro del círculo disminuido en 1/9. Es una buena fórmula. ¿Te gustan las Matemáticas?
-Mucho. Son mi pasión.
– Podrías rellenar un papiro con problemas. Y yo podría ayudarte
-Sí… Me gusta la idea.
Ella no podía saber que, en un futuro lejano, una chica llamada Ligeia aparecería junto a Ahmose como la primera contribuyente a las Matemáticas.